(A los pies de la Virgen del San Cristóbal).
-Sebastián, yo creo que las cabras nos dejaron plantados.
-Hombre de poca fe. Tú sabes que una dama que se precie de tal debe llegar a una cita al menos con media hora de atraso.
-Pero ya han pasado dos horas.
-¡Más damas todavía!
-¿Qué decís vos, Isidoro?
-Pa mí que cagamos pila.
-¿Y tú, Aliro?
-Yo les tengo una fe ciega.
-¿A todas?
-A la mía, por lo menos.
-¿Que ya la hiciste tuya, bribonzuelo?
-Déjame soñar, Gabriel. Le ofrecí mis labios y nos dimos un ósculo a la salida del Chez Henry. Ay, señor...
-¿Le gustó?
-Le hizo cosquillas mi bigote fino y nos matamos de la risa. Ay, señor...
-Te estás enamorando, Aliro, cuídate de los Idus de marzo.
-Déjame sentir al fin lo que es el amor, Gabriel.
-¿Nunca has amado? No me has contado tu vida.
-Has de saber que jamás pude amar a otra que no fuese mi madre. Le di mi vida entera y la pobre se vino a morir a los 94 años. Era el colmo de celosa. Echó a cualquier cantidad de candidatas de la casa. Dijo que todas llegaban por interés.
-¿Interés de qué?
-Del puesto que yo tenía en el banco.
-Creerían que contigo se iban a robar el banco.
-No bromees. Una me pidió los planos y me preguntó dónde arrendaban palas y taladros. A esa la descarté al tiro.
(Sigue)
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