jueves, 17 de diciembre de 2015

Dramático encuentro de cuatro calaveras donde se habla del tiempo y otras bagatelas

Bajo la estatua de Abadón que se halla a un costado del Cementerio Católico se han dado cita cuatro calaveras con sus largos esqueletos. Una llega primero porque no puede llegar segunda y mientras espera a las demás se pone a tejer un chaleco. Dos aparecen juntas y cuando las tres ya se van, cansadas de esperar a la cuarta, ésta aparece corriendo. Y así se arma el cuarteto.
-¡Ay niñas supieran lo que me costó llegar!
-Cuéntate otra.
Hacen parar un taxi; suben las cuatro, el chofer repara en ellas.
-Tan flacas que están las damas.
-Así se usa ahora y viera lo que nos cuesta -ríen picaronas, porque el bigote del chofer es grandote y abultado.
-Yo las prefiero rellenitas.
-¡Qué sabe usted de calaveras! -protestan al unísono y las del asiento trasero se codean, en tanto que la ubicada en el asiento del copiloto gira la cabeza en 180 grados para reír con las demás, lo que le arranca un suspiro de horror al taxista bigotudo.
-Virgencita linda, bájense por favor.
-¿Llegamos?
-Sí.
Ya están las cuatro en el café de moda. Los garzones saltan como pulgas antes de sumergirse en el pelamen del perro, pero el más valiente las conduce a un discreto salón reservado, donde les toma el pedido, que consiste en tres cortados, un café con leche, cuatro sodas, dos pasteles de manjar con crema chantilly, un trozo de kuchen de manzana y una porción de torta de mil hojas.
-¿Azúcar o endulzante?
-¡¡¡¡Endulzante!!!!
Apenas las dejan solas se largan a conversar.
-Qué te paso niña que llegaste tan tarde. Ya nos íbamos.
-Figúrate que venía por la avenida Los tilos cerca de donde reposa Balzac cuando de un panteón me salió Jim Morrison y me cortó el paso...
-Dónde la viste. Habrá sido Oscar Wilde. Jim Morrison no se fijaría en ti.
-¡Te juro que era Jim Morrison!
-Si tú lo dices pero...
-¿Por qué no se fijaría en mí?
-Ay linda pechocha tú sabes lo que te aprecio pero... cómo te lo explico... estás... pasadita... y te falta ese aire de femme fatale...
-¡ERA Jim Morrison! Y para que sepas me invitó a salir. Mañana nos vamos a juntar a las 12 en punto.
-¿Del día o de la noche?
-No estoy para bromas.
-Esta ni sabe que Jim Morrison descansa en paz en Francia.
-Habrá sido entonces Peter Rock. Pero era uno igualito a Jim Morrison.
-¿Qué tejes niña?
-Un chaleco para mi nieto.
-¿En qué punto lo tomas?
-En el punto aparte pero el cuello y las mangas son de punto seguido.
-¿No usas el punto y coma?
-¡Ni por nada! Les tengo horror a las comas.
-Ay niña yo también qué casualidad.
-Bonito el color de tu chomba pero no me gusta.
-Ay tú siempre tan criticona.
-Te digo la verdad niña. Tú sabes que con mis amigas soy franca.
-Francota.
-¿Vieron a los cuatro de la mesa del rincón?
-Sí tonta ya me fijé.
-¡Nos comen con el hueco de los ojos!
-No les hagas caso. ¡Son unos calaveras!
-¡Esqueletos gigolós!
-Los cafés están llenos de tipejos de esa laya.
-Nos habrán tomado por veteranas necesitadas.
-Veteranas a mucha honra.
-Necesitadas sí podría ser por qué no.
-¡¡¡¡Pero nunca lo vamos a decir a los cuatro vientos!!!!
-Pero fíjate que los peoresnada tienen su encanto. Mira cómo toma el cigarro el de zapatos blancos. ¿No es un bombón?
-A mí déjame el de los huesos gordos. El que se parte al medio. Se parece a ese de la tele que jugaba rugby.
-Tienes toda la razón.
-Necesito un mejoral.
-¿Que te duele la cabeza?
-No niña por Dios. Con este frío me duelen los huesos.
-A mí también fijaté.
-¿Notan que ahora está haciendo más frío que antes?
-Antes llovía más.
-¡El otro día hizo una calor!
-La calor dicen los huasos.
-Huasa no soy. Hizo calor y en pleno invierno. Desmiéntanme.
-Cómo cambia el tiempo.
-Se ha puesto tan raro.
-Será por el calentamiento global.
-Si sigue así qué irá a ser del planeta.
-¿Y qué te importa a vos si ya estái al otro lado?
-¿Y por ser calavera no tengo derecho a opinar?
-Claro que no tonta.
-¿Y entonces a quién le echo la culpa del dolor de huesos?
-A la edad pos niña. A la edad.
-Échate una friega con el carné.
-Ustedes no lo hacen nada de mal.
-Mmm... nosotras somos bonitas y sexys.
-Gracias al doctor Vidal. ¡Las vi entrando a estirarse los huesos!
-¿Nos viste?
-¡Las vi! Y por si fuera poco las volví a ver.
-¿Nos volviste a ver?
-¡Sí! Entraron a ponerse silicona en el esternón y un relleno en la fosa ilíaca. Me lo contó la secretaria.
-¿Y qué? Ahora estamos bonitas. Mira cómo esos dos nos comen con las órbitas.
-¿Cuánto les salió?
-Cien mil. En tres cuotas.
-Está bien rico el café.
-El mío me salió tibión.
-Pídele al mozo que te lo cambie.
-No me atrevo a molestar.
-A vos no se te pasa lo tímida ni cuando estái finada. Yo le pido.
-Ay niña no me avergüences.
-Qué te voy a avergonzar. ¡Mozo cámbiele el café por favor! Le salió frío.
-Cómo no.
-¿Viste que era fácil?
-Sí.
-¿Te fijaste cómo nos siguen mirando?
-Sí.
-Hagámonos las tontas.
-¿Y si nos invitan a sentarnos con ellos?
-La noche es larga.
-¿Andái con pastillas?
-No las traje.
-Yo te presto.
-Me da miedo.
-Di que no hasta el final. Al final decís que sí.
-Me da miedo. Es que ... soy virgen.
-¡¡¡Virgen!!! Nunca nos habías contado.
-Es que me daba vergüenza. Ustedes que tuvieron tantos hombres y yo...
-¿Nunca le viste el ojo a la papa? ¡No te creo!
-Verdad.
-¿Ni un poquito?
-No.
-¿Ni la puntita?
-Nada.
-Ahora ya es un poco tarde niña. Pero si te atreves...
-¡Me da un terror!
-¿Cuál te gustó de los cuatro?
-El... de soquetes rojos.
-Ese tiene el medio paquete. No te conviene.
-¿De qué hablan? No entiendo.
-Para empezar quédate con el del reloj de oro. El de los soquetes rojos déjamelo mejor a mí.
-Chí. La tontita le dicen.
Y así se desarrolló la velada, que duró hasta que las velas dejaron de arder. Los ocho remataron en un hotel de mala muerte y no bien cantó el gallo por vez primera las amigas calaveras saltaron de sus camas con los esqueletos bien descaderados, se vistieron a la rápida, tres de ellas socorrieron a la amiga virgen y las cuatro volvieron apuraditas al cementerio cantando lirín-lirán. No se alcanzaron ni a lavar los dientes, menos aún las partes pudendas, que dejaron para la noche siguiente. Durante el día ¡salió un olor de sus nichos! Sin ir más lejos, todas las flores ubicadas en un generoso perímetro se marchitaron. La administración del recinto ordenó rociar el sector circundante con aerosol de pino silvestre, pero como los encargados se negaron siquiera a acercarse fueron despedidos ipso facto.

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